SUICIDIO

He reflexionado públicamente sobre la enfermedad y muerte de mi madre, pero es la primera vez desde que pasó que me decido a hablar del suicidio de una paciente. Llamémosla Margarita...

Margarita se suicidó al mes de morir mi madre. Llevaba trabajando con ella más de cuatro años y fui la primera persona con la que se vinculó terapéuticamente después de que con 17 años, y por más de 25, entrara y saliera de servicios hospitalarios psiquiátricos, visitando múltiples psiquiatras y medicándose con un coctel diario de todo tipo de pastillas. Tenía un diagnóstico central de trastorno límite de personalidad, y diagnósticos satélites de trastornos psicóticos, afectivos y hasta uno de retraso mental. Cada psiquiatra que la visitaba le ponía uno nuevo según la clasificación diagnóstica que hubiera estudiado.

Cuando yo empecé a trabajar con ella, tenía una familia compuesta de su marido y dos hijos, y tres hermanas con las que de vez en cuando se veía. Me la derivó un psiquiatra que coincide conmigo en que la enfermedad mental es tan compleja, que necesita múltiples abordajes. Cuando empezábamos a vernos, Margarita casi no hablaba, y casi no tenía vocabulario para expresar lo que sentía, así que empezamos dibujando y escuchando la música que le gustaba (Concha Buika estará siempre asociada a ella), y poco a poco encontrábamos juntas las palabras a sus símbolos, colores y músicas. Empezamos a hablar de sus dificultades de cuidar a su familia, cuando ella se sentía tan vulnerable y desprotegida, abandonada en sus angustias. Para ella, ser ingresada era un alivio. Por unos días o semanas era cuidada y le daban una fuerte dosis medicación que la anestesiaba.
En uno de sus ingresos, le dijo al psiquiatra de turno en el hospital, que quería separarse. El médico decidió sin ni siquiera consultarme, hablar con su marido y arreglar la separación. Margarita pasó de la contención hospitalaria a vivir sola, separada de sus hijos y en un barrio en el que no conocía a nadie (y tanta suerte que la situación económica de la familia le permitía tener esa vivienda). Además, la familia decidió solicitar la incapacidad legal, pero nadie quiso hacerse cargo de tutelarla, así que la dejaron en manos de una fundación que tutela a todos aquellos "incapaces" que no tienen familia, o que su familia se ve incapaz de tutelarlos.

La soledad era el monstruo de Margarita. Venía a las sesiones después de haber ido a buscar su medicación diaria a la fundación, y el resto del día vagaba sola. Los fines de semana eran lo peor para ella, porque ni siquiera tenía sesión ni  iba a la fundación. Hay mucha soledad en los enfermos, ya que apenas hay recursos que ofrezcan la posibilidad de tener una actividad donde desarrollen sus intereses o que se relacionen con gente.
Finalmente, la admitieron en una especie de centro de día para enfermos mentales crónicos. Por suerte, le tocó una psiquiatra formada no sólo como médico, sino también como psicoterapeuta. Con ella podía hablar y podíamos compartir las intervenciones. Teníamos una visión amplia de lo que le pasaba a Margarita y tantas Margaritas, y de lo duro que es el aislamiento social. ¿Quién no lo hubiera pasado mal en una separación que la había dejado tan sola?
Pero quizá todo eso llegó tarde. Margarita tenía una edad en la que cuando no te puedes librar de la angustia, y si no se ha podido tejer una red de apoyo, es difícil conservar la esperanza de poder sentirse de otra manera. Ni quilos de medicamentos, ni los genuinos abrazos que le daba al despedirme, podían sostener sus expectativas. Su psiquiatra se estaba separando de su marido, y a mí se me estaba muriendo mi madre después de años de alzheimer, y creo que su hipersensibilidad captó nuestras "ausencias". Se empezó a obsesionar con la soledad imaginada si ella enfermaba de cáncer o alzheimer (¿quién se cuidaría de ella?), así que la muerte empezó a ser una salida  a su soledad y sufrimiento.
Una noche se cayó por el balcón. Su familia ni nadie sabe si fue meditado, o si como otras veces había hecho un acto impulsivo que su obesidad impidió revertir. En cualquier caso, lo que la acercó  y la subió a la barandilla fue su gran sufrimiento y la imposibilidad de escapar a la angustia que corroe el alma.

Su suicidio lo siento un fracaso. Pero no sólo mío, sino de toda una sociedad que no entiende el sufrimiento mental y que más bien, le quiere dar la espalda. Es un fracaso del modelo médico, que descansa en unas pastillas cualquier tipo de sufrimiento psicológico como si un desequilibrio bioquímico no tuviera múltiples causas. Si tienes depresión, tomas antidepresivos, si se muere tu marido, tomas antidepresivos, si pierdes un trabajo, tomas antidepresivos, si tienes un trastorno límite
 de personalidad, tomas antidepresivos además de antipsicóticos y otras cosas. Gracias a las pastillas, los psiquiátricos se vaciaron. Cerraron las puertas pero no se abrieron otras. No se tiene en cuenta el dolor de los enfermos y sus familias frente al estigma del diagnóstico psiquiátrico, con toda la carga de prejuicios que conlleva. No hay redes sociales, ni de ayuda ni autoayuda más que unos tímidos intentos que provoca unas largas listas de espera. La autoayuda de las familias se ha tenido que gestionar por el asociacionismo de algunos padres más emprendedores, y no hay redes de solidaridad en las que contener la angustia. Pocos familiares sienten apoyo para cuidar de sus dependientes, y poca gente tiene una explicación clara del funcionamiento de la mente. Sólo se espera que las pastillas resuelvan el tema. Y mientras, las farmacéuticas se hacen de oro; mientras,  ningún estado invierte lo necesario para prevenir y cuidar la salud mental.

El suicidio de Margarita, y los suicidios de los desahucios son fracasos de nuestra sociedad. Todo el mundo parece olvidarse que las redes afectivas y solidarias provocan cambios bioquímicos en el cerebro...

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