NARRACIONES


Todos tenemos una forma particular de contar nuestra historia. Relatamos nuestra biografía destacando ciertos hechos, o incluso ninguno, haciendo una calificación de lo que fue y del valor que le damos. Hay quién puede decirlo todo con todo lujo de detalles, y quién dice "me acuerdo porque tengo fotos". Algunos saben dar razones de lo que sucedió y quién dice "no sé..."
Es curioso como re-escribimos la historia según nos vaya ahora y en función de aquello que pueda salvar nuestro ego y autoestima. O al contrario, contamos un relato vergonzante reflejo de una mirada estricta y castigadora que hemos interiorizado como la verdad absoluta
La forma de contarnos nuestra historia condiciona nuestra vida. No es lo mismo fumar marihuana pensando que es una droga o una medicina, no es lo mismo jugar al póker pensando que es un vicio o es un juego. No es lo mismo sentir el estigma social de la enfermedad mental o pensar que es un cambio bioquímico cerebral.

En algunos momentos, ciertas narraciones son una liberación. Y en otros momentos pueden convertirse en una atadura. Cuando el alcoholismo dejó de ser un vicio para ser una enfermedad, se abrió una puerta a la curación. Cuando la enfermedad de la adicción se viste del modelo médico, las personas alcohólicas pierden su capacidad de acción y de dotar de significado a su dolor.

El psicoanálisis abrió la puerta a que las personas vieran la vida de otro modo cuando se ofrecían las interpretaciones. El movimiento sectario en el que se ha convertido a veces, cierra las puertas a que uno pueda dar su propia interpretación a su vida.
No obstante, cuando una terapia funciona bien, posibilita que la gente pueda verse de otro modo y que abra la puerta a que la vida reinterprete su pasado y su identidad. Cómo nos contamos nuestra presencia en la vida, puede hacernos cambiar el futuro.

Quizá lo más importante no sea qué es lo que contamos, sino cómo lo contamos. Nuestras narraciones marcan nuestras vidas no tanto por lo que nos sucedió, sino por si tenemos conciencia y coherencia en lo que contamos. Las narrativas del apego son importantes, pero no es tan importante decir tuve una infancia feliz, como si realmente la infancia feliz tiene un contenido en hechos y episodios felices. En algunas entrevistas hago contar el pasado a las personas que vienen a consultarme, pero no tanto para culpar a lo que fue y nos hicieron, sino para evaluar el grado de coherencia que tiene la persona al contarlo. Hay personas que cuentan y es un monólogo, y hay otras que el escenario está lleno de protagonistas, cada uno con su punto de vista. Una forma de narrar es egocéntrica, y la otra tiene empatía y denota una capacidad de descentrarse cognitiva y emocionalmente.

La memoria no es volver a ver una película. Es reescribirla, es dotar de conciencia y significado, es la posibilidad de re-crear nuestra vida. Y dado que el ahora contiene el pasado, narrar nuestra historia puede desarrollar nuestra creatividad para generar un futuro diferente.

Escribir y contarle a alguien son siempre formas del arte de vivir

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