ESPERANZA

Tomoki Hayasaka
La esperanza es un arma de doble filo, o será que yo tengo una relación ambivalente con ella. Mi relación con la esperanza es la misma que la que se tiene con algo que te hace falta como el aire, pero que a veces ahoga la posibilidad de ser.
Creo que nadie podría vivir sin Esperanza, aunque algunas esperanzas son vanas. Alguna Esperanza es una madre amorosa que te da un proyecto de vida, mientras que otras son asfixiantes, desesperantes, desvitalizadoras.
Puedes sentir la Esperanza de un mañana mejor, de que mañana será otro día, que las penas y adversidades tienen fecha de caducidad. Pero hay otras esperanzas en que los deseos, esos pequeñitos o grandes, de anhelos superficiales o profundos,  impiden empezar de nuevo en otra parte, o con otros amores y otros proyectos.
Una proyección de futuro impulsa a superar los dolores, las penas, los duelos, las mañanas grises. Algunas esperanzas te atan al pasado, te impiden vivir el presente, te hacen despreciar los tesoros que tienes, te crean un punto ciego para permitir el autoengaño. Quizá lo mejor no esté por venir, sino que lo has perdido ahora, y quizá para siempre.
Esperanza así, con mayúsculas, está ligada al impulso de vivir, a la búsqueda de sentido, al amor y la dignidad de ser uno mismo. Las pequeñas esperanzas, esas pequeñitas que alimentan el miedo, o la resistencia, o el autoengaño, o una pena profunda por una pérdida que cuesta aceptar, te envían al mundo de un pasado triste o un futuro que nunca llega
Sí, yo quiero tener Esperanza pero no quiero verme sin vida por unas falsas esperanzas.

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