PÉRDIDAS

Pintura de Nerida de Jong
Hace muchos años leí un libro de Judit Viorst que se titulaba Pérdidas Necesarias. Hacía un repaso por todas las etapas del ciclo vital en donde teníamos que ir diciendo adiós a situaciones, roles, circunstancias... Es cierto. La vida está plagada de pérdidas necesarias para poder evolucionar, crecer y seguir viviendo. Tenemos que decir adiós a ser niños, jóvenes, la lozanía del cuerpo, la infancia de nuestros hijos, amigos que ya no nos entienden, parejas que dejaron de querernos o nosotros a ellas...

Algunas pérdidas no nos afectan tanto, porque lo que nos espera es ilusionante y entonces sólo tenemos alguna añoranza de vez en cuando. Dejamos atrás cosas que guardamos en la memoria como el tesoro que nos trae luego la nostalgia. Otras veces perdemos cosas terribles, y dejar cosas atrás es un alivio. Pero en ocasiones, la vida impone de forma autoritaria pérdidas que son desgarros, rupturas del alma o del cuerpo que provocan un trauma que requiere mucho tiempo de reparación. Son pérdidas injustas, que no tienen ningún sentido

Nerida de Jong
En estos casos, exige de nosotros un trabajo psíquico profundo de reparación. Posiblemente sea un tiempo largo de oscuridad y hasta de desesperación, porque con la pérdida sufrida se ha ido la capacidad de sentir placer e ilusión, y nos hace creer que se ha ido mucho más de lo que realmente se fue o se rompió.

Si el entorno es amable y lo permite, el proceso de autocuración sigue su curso. Poco a poco, volvemos a reencontrarnos con todo aquello que no perdimos y la capacidad de disfrute y de ilusionarnos vuelve. La vida nos reclama de nuevo su atención. Desde luego que no volvemos iguales, ni volvemos a la situación de antes. Se teje la resiliencia en la pérdida, con heridas y cicatrices, y eso nos implica renacer. Las pérdidas nos han hecho encontrar cualidades que no creíamos tener, y nos hace desarrollar la fuerza y la creatividad. Una nueva identidad y un nuevo sistema de valores puede surgir después de todo el período de oscuridad.

La vida tiene esas paradojas, que para que algo nazca o se cree, antes ha debido morir o destruirse otra cosa. Es el ciclo real y simbólico de la muerte-renacimiento.

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