EXILIO Y REGRESO...A UNO MISMO

Pintura de Herbert-John Draper
A veces la patria es nuestro exilio. En la casa del Páter, con su himno y su bandera, nos señalan los caminos que debemos recorrer, qué canciones cantar, qué sentimientos tener y hasta a quién debemos amar.
Podemos servir muchos años a la patria, con una gran lealtad invisible que nos impide reconocer los sentimientos que realmente tenemos, y crece la soledad del vacío interior que el ser infieles a nosotros mismos nos produce; crece el agujero en el alma que el ser incomprendidos por quién debería querernos, nos forma.
Recorremos el gran mapa de nuestra Patria hasta que un día la bandera se deshilacha y ya no sabemos a quién servimos, ni por qué hemos luchado tanto para acabar anhelando otros mundos que no son el nuestro. La vocación entra en crisis.

Quizá, si tenemos suerte, nos demos cuenta que los mandatos paternos no son los nuestros. Que nos robaron la libertad y que, en realidad la patria ha sido nuestro exilio.
Nos sentimos llamados, entonces, a regresar a nuestro hogar que, como los brazos amorosos de una madre nos acoge. El self se desnuda de todos los vestidos anteriores que nos hacían ser de tal o cual manera e iniciamos el regreso a casa, deshaciendo los nudos que nos ataban y tejiendo tal como queremos la tela que desarrolla nuestra creatividad.
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Volver a la isla de Penélope implica recuperar el mundo de lo auténticamente sentido, descondicionarnos, integrar todas nuestras partes y desarrollar nuestro impulso vital. Requiere a veces de un enorme esfuerzo, y de un fuerte compromiso con nosotros mismos, no con ninguna patria externa. Nuestro verdadero hogar está en nuestro interior, en aquel lugar virgen de los sentimientos y deseos auténticos.

El viaje de regreso no está exento de peligros, por eso el viaje interior es una odisea


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