IMPOTENCIA

Si hay algo que nos enfrente a nuestras limitaciones es la impotencia. Ni nuestros buenos deseos, ni la voluntad, ni nuestras mejores intenciones permiten conseguir aquello que nos proponemos. Topamos con la frustración y un sentimiento de rabia, a veces, y de desolación otras, nos inunda.
La impotencia es el polo opuesto de la omnipotencia mágica, que a veces creemos tener. Pensamos que, si queremos lo suficiente, si lo deseamos con nuestras fuerzas todo lo que deseemos será nuestro. Es un esquema bipolar que todos en algún momento hemos sentido, y que con la maduración y el crecimiento personal se modera.

Si la impotencia es el extremo del continuo bipolar, nos puede llevar a la depresión. Nos manejamos en el esquema todo o nada, un esquema nada realista, por cierto. La impotencia se convierte en victimización, como si nada pudiéramos hacer, ni nada pudiéramos controlar. La impotencia se convierte en resignación sobre cosas que sí tenemos algo de control y que algo podemos cambiar, aunque no sea todo. Este tipo de impotencia puede ser el resultado de un maltrato psicológico, en la que nos han hecho creer que todo ocurre porque no valemos, no podemos o no nos merecemos lo suficiente.

Pero a veces la impotencia es realista y tenemos que aceptar nuestras limitaciones. Nos damos cuenta por fin, que no podemos cambiar a la persona que queremos, que no podemos salvarla de su propio infierno; o que no podemos conseguir el reconocimiento tan deseado de otros, que realmente no se dan cuenta de nuestro valor como personas.
El duelo se impone. Tenemos que dejar atrás lo que podía ser nuestro motivo principal y prioritario en este momento, tenemos que dejarlo marchar.
Dejar marchar...esto que a veces se dice tan fácilmente, pero que no es fácil de hacer. Quizá las personas creyentes lo tenga más fácil, porque dejan las cosas en manos de lo Divino.
Y he aquí que, cuando soltamos, podemos encontrar el aprendizaje de fluir, y la liberación de unos condicionamientos que nos habían hecho pensar que nuestro bienestar estaba en otra parte fuera de nosotros. Nos salimos de la perspectiva habitual y vemos que podemos vivir sin el valor que nos dan los otros, que nos basta el que nos damos a nosotros mismos. Podemos aprender a fluir, a relajarnos en la vida misma y confiar en que a veces el proceso se cumple sin nuestra intervención y que cuando se cierra una puerta , otras muchas se pueden abrir.

Luchar por las cosas que se pueden cambiar, y aceptar las que no se pueden...¡toda una gran sabiduría de vida!

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