LA RELACIÓN CON LA VIDA


Nacemos psíquicamente del otro. 
El "yo" que parece tener una independencia del resto del mundo, en realidad no tiene existencia si nuestra madre y/o padre no nos tratan como alguien con deseos, necesidades y sentimientos propios. En otras entradas ya hemos hablado sobre eso. Cuando esto falla, y los padres nos ven como sus prolongaciones y proyecciones, nuestro sentido de identidad y nuestra valía se tornan rígidas y muchas veces disfuncionales.

Para los que nacieron en un entorno seguro, la relación con los demás y la vida es más fácil. El entorno de seguridad permite explorar el mundo con confianza y también se confía en los demás. Cuando alguien falla, o las cosas no van bien, se ha construido en el interior una seguridad de que las cosas pueden cambiar y que hay más mundo aún por explorar y conocer...

Pero las cosas no son tan fáciles para los que nacieron en entornos no seguros y a veces, claramente hostiles. Las experiencias de la vida pueden haberte hecho aprender que las personas no son de fiar, que el mundo es difícil y hostil y el sentimiento de soledad es frecuente.

Es cierto que a veces, el sentimiento de soledad es sólo eso: un sentimiento. Es tal como sentimos nuestra relación con los demás, pero esto no corresponde exactamente a la verdad. A veces nos podemos sentir solos aún cuando tenemos amigos y podemos recurrir a gente...pero da lo mismo. Hay momentos en que la soledad se siente con toda su fuerza.
O la adversidad golpea fuerte. Hemos perdido a alguien muy querido, o la situación económica castiga dejándonos en la calle, sin trabajo y en una situación precaria, a veces es difícil poder seguir confiando en el mundo, y en un sistema que nos sobrepasa y nos vence.

En cualquier caso, nuestra experiencia es siempre nuestra experiencia, y nadie la puede vivir por nosotros. "Ese" que experimenta está siempre solo en su experiencia. Y también es verdad que el inicio de nuestra vida hace que ese sentimiento de estar solo pasando lo que se pasa es mucho más fuerte.

Para los que la vida no resulta fácil, es importante desarrollar una relación con la vida misma. Eso, mientras estamos vivos, es algo seguro que tenemos. La vida nos ha puesto aquí y seguimos sus ciclos, y nuestra vida no rechaza ninguna de sus experiencias. La experiencia de vida no rechaza la alegría, pero tampoco la tristeza. Y está en la abundancia tanto como en la escasez.

Qué bueno que nos pudiéramos identificar con esa experiencia de vida en vez de con una serie de atributos que en realidad, van y vienen; pero mientras lo conseguimos puede ser útil iniciar una buena relación con ella, con nuestra propia vida, con nuestra experiencia, que es todo y lo que seguro tenemos. Si nos relacionamos con ella, todas las experiencias serán sentidas como parte de ella y no como algo que no debería pasar...
Tener un compromiso con la vida nos da un sentido: vivir intensamente todas las experiencias, tomar conciencia de ellas, aprender.

No vamos a ser tan ingenuos que diremos que hay que celebrar la vida en la adversidad. Cuando la pérdida, el dolor, la angustia y la ansiedad aparecen, son tragos malos de pasar. Causan displacer, no euforia. Y si no desarrollamos un masoquismo por el que nos haga sentir placer en el dolor, una parte de nosotros querrá huir de este displacer. Es humano y forma parte también de la vida y no nos vamos a machacar por eso.
Pero lo que sí podemos ir desarrollando es nuestro aspecto materno ¿si esa experiencia la sufre un bebé al que quiero, como le calmaría? ¿le daría sermones y regañinas sobre lo dura que es la vida y que tiene que salir adelante? ¿le diría que es un débil, que no tiene el valor de afrontar lo que le pasa? ¿o le tranquilizaría para darle fuerzas?

Abrazar nuestra experiencia de vida NO es negar el dolor y el displacer, sino darnos consuelo en la adversidad, aliento y fuerza. Comprometernos con la vida es recurrir a esa fuente interna de cariño, que poseemos aunque sea difícil conectar con ella a veces, que nos da coraje y nos hace sentirnos dignos porque estamos vivos.

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