LOS LÍMITES DE LA VOLUNTAD

Cada segundo de nuestra existencia adulta está marcada por una elección. Una elección que hacemos ahora, o que hicimos en el pasado.
El gran aprendizaje en la adolescencia es que ya podemos elegir por nosotros mismos/as y que eso tiene unas consecuencias que vamos a tener en el presente y futuro de nuestras vidas.
Poder elegir nos dota de libertad y, al tiempo, de responsabilidad por nuestros actos.
Pero para el punto de vista de la salud mental individual y de las sociedades, sobrevaloramos la voluntad.
 Es cierto que es mucho más sano tener una actitud proactiva frente a la vida, y que luchemos y hagamos cosas que nos permitirán vivir según nuestros deseos y no ser víctimas eternamente de las circunstancias. Pero no todo en la vida depende de la voluntad, y el hecho de que el sentido de nuestra identidad se coloque en ello, puede que nos haga ser personas sumamente egocéntricas y narcisistas (por exceso: yo puedo con todo; o por defecto: yo nunca podré tener lo que deseo).
Vivimos en una sociedad que ha desvalorizado lo femenino; yo diría incluso, la biología de la mujer. No valoramos los ciclos, las fases, los procesos y sus ritmos, lo receptivo, la espera y las relaciones. Así, nos hemos comportado con la Naturaleza con una actitud depredadora, insolidaria, controladora y que nos ha hecho creer que podemos estar por encima de la enfermedad y la muerte, y dónde enfermar y morir es un fracaso. Las religiones tradicionales y las espiritualidades new age son reflejo de ello, así que si nos sentimos mal es resultado de la Voluntad de un Ego superior, punitivo y caprichoso o porque no deseamos con suficiente fuerza para que el Universo nos provea de lo que queremos.
Valoramos por encima de todo el ego, y nos identificamos con una voluntad de poder, rechazando toda una parte de nosotro/as mismo/as, que nos permitiría dar un sentido a la existencia, y que también nos proporcionaría la posibilidad de sentirnos en comunión con una parte del ser que nos ayudaría a aceptar todo aquello que no podemos controlar. Incluso hemos sometido la creatividad a la voluntad de los mercados, dejando de ser el arte un proceso de comunicación y contemplación de la belleza, para ser un producto de subasta.
Y esto es mucho peor para las mujeres, con unos condicionamientos sociales patriarcales, que nos hacen vivir mal nuestra biología, maldiciendo la menstruación, horrorizándonos en la menopausia por el significado de pérdida de juventud y productividad, y que nos obliga a abandonar el cuidado de los niños en la temprana infancia para poder ser igual que los hombres y seguir produciendo en las fábricas y los mercados; nos obliga también a ser atractivas en un mercado de hombres, torturándonos con cirugías para conseguir controlar el tiempo. Como señala Germaine Greer, nos horrorizamos con la ablación de clítoris, pero no ahorramos el escalpelo cuando se trata de mutilar nuestros pechos y caderas...
Hemos llegado a un punto en que esta falta de respeto por lo incontrolable nos puede llevar al colapso como especie. Necesitamos urgentemente aprender a valorar la presencia, la paciencia, el respeto a los ritmos y las interacciones y a valorar los procesos y sus fases; y, como dice Jeremy Rifkin, ampliar la empatía al conjunto de la biosfera si no queremos que la entropía a la que ha llevado tanto control sobre la naturaleza acabe con el planeta.

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