LA MIRADA DEL OTRO NO ME DETERMINA






Me encontré con esta frase de Diógenes, mencionada por un filósofo paralítico cerebral, Alexandre Jollien.
Dicha por él, trasmite la fuerza del filósofo Diógenes y también la suya propia: la parálisis cerebral no va a determinar su vida. Alexandre Jollien ha buscado en la Filosofía el modo de encarar su vida, con discapacidad o sin ella, y de transformar su debilidad en virtud (Jollien ha escrito  Elogio de la debilidad y Elogio de la Felicidad)

La mirada del otro no me determina, podría ser el lema de cualquier enfermo o discapacitado, el lema de cualquier marginado o excluido. Es un lema que dota de significado y dignidad cualquier vida humana.
Sin embargo y paradójicamente, esta frase resiliente es verdad porque también es verdad su opuesto: la mirada del otro me determina.

¿Cómo puede ser verdad una información y su contraria?

Esa doble verdad es con la que me enfrento cada vez que hablo con una persona que ha sido traumatizada por otros humanos.
Niños que nacen en familias abusivas, negligentes, maltratadoras o –no tan dramático pero igualmente traumatizante- familias afectivamente frías o que “aman demasiado” (ya dicen que los extremos se tocan), deben enfrentarse a la identidad que los otros otorgan.
La mayor parte de estas personas tienen comportamientos que denotan su falta de autoestima, bien porque abiertamente piensan que ellos mismos son defectuosos y poco merecedores de amor, bien porque con sus comportamientos intentan alimentar un “yo grandioso” que les defienda de esos sentimientos de devaluación.




¿De dónde proviene esa identidad devaluada o defensivamente elevada?

Todos formamos nuestra identidad en el espejo de los ojos del otro. Como bebés, vamos formando nuestro self así como nos tratan y con lo que nos dicen.
Todas estas interacciones de “yo con otro” quedan almacenadas en nuestra memoria implícita, presimbólica, no verbal. Igual que memorizamos como llevarnos la comida a la boca, memorizamos quienes somos a través de lo que nos dicen los demás. Una enfermedad como el Alzheimer demuestra como vamos perdiendo la identidad, igual que dejan los enfermos de saber cómo se lleva la comida a la boca, cuando falla la memoria.

Y es que si la mirada del otro no me determina ¿por qué afecta tanto el trato de la familia, de los iguales en la escuela? No nos tendríamos que preocupar, entonces, de la integración de los discapacitados, ni de detectar el maltrato y el acoso escolar a los diferentes. No nos dañarían las burlas, ni los insultos ni los desprecios.
Y sin embargo, la mirada del otro no me determina...tus insultos me pueden resbalar, tus burlas no me afectan, incluso tu cara de pena no me hará sentir ni diferente ni inferior...porque sé que tu mirada me determina... sólo si yo me dejo. Si no cuestiono el espejo en el que me reflejo. Si yo veo tu ignorancia, falta de empatía, tu falta de control, tus prejuicios, pongo en duda tu reflejo. Si yo sé todo esto, sé que tu espejo esta sucio y distorsiona. No refleja la realidad.
Pero para que alguno de los traumatizados comprenda esta gran verdad, alguien, su padre, maestro, vecino tiene que dotarle de dignidad con su mirada.
Por eso es importante que muchos de nosotros rompamos los prejuicios, eliminemos las ideas sobre lo que discapacitados pueden o no pueden hacer, concienciémonos de que los abusos y falta de afecto condicionan las identidades que sólo pueden ser revisadas si la sociedad es empática con el sufrimiento del diferente, del dañado...
Miremos a los otros reconociendo su dignidad intríseca. Sólo así, los Alexandre Jollien de este mundo podremos reconocer el espejo ignorante y distorsionado que ofrecen algunos y decirles: TU MIRADA NO ME DETERMINA.


Ana Cortiñas

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