CRECIENDO EN ESPIRITU

Quizá sean todos los dragones de nuestra vida, princesas que sólo esperan vernos alguna vez resplandecientes de belleza y valor. Quizá todo lo terrible no sea, en realidad, nada sino algo indefenso y desvalido, que nos pide auxilio y amparo…
Rainer Maria Rilke






Hablaba con una amiga sobre los condicionamientos que todos tenemos y que nos hacen vivir de una determinada manera. Los estereotipos de género son uno de los condicionamientos más poderosos, porque entran de lleno en la estructura de nuestra identidad. Somos mujer o hombre y eso nos hace estar en el mundo de diferente modo porque nos presionan socialmente y nos conforman incluso rasgos de carácter.
Algunos condicionamientos tienen base biológica. Nos guste o no, tenemos hormonas diferentes que nos predisponen a determinados comportamientos pero, en general, incluso en las conductas en que las hormonas intervienen, somos una especie cuya adaptación a la vida es ambientalmente lábil. Es decir, nuestros comportamientos dependen mucho del entorno, de que determinados contextos existan para poder darse, así que las hormonas sólo funcionan cuando el ambiente es propicio.
Un ejemplo de esto es la conducta de apego que se pone en marcha cuando una madre pare a su bebé. Es una conducta instintiva con una fuerte carga hormonal y, sin embargo ¿cuántos bebés han sido encontrados en los contenedores de basura? La historia personal de estas mujeres demuestra una desorganización total en su primera infancia.
Otro comportamiento que se dispara hormonalmente es la conducta sexual adulta en la adolescencia. No obstante, siglos de patriarcado erotofóbico nos reprimen y condicionan la vivencia de la sexualidad según unas determinadas pautas convencionalmente aceptadas, y en general en nuestra sociedad, con un gran desconocimiento de nuestro cuerpo sobre todo si somos mujeres. El falo es visible, el cáliz sólo, en el mejor de los casos, sentido.
Muchos otros condicionamientos se producen en nuestras experiencias tempranas en el seno de nuestras familias, y eso nos hace aprender a reaccionar en algunas situaciones con unos patrones que pueden luego ser inadecuados o disfuncionales. Desarrollamos fobias, patrones de carácter y estructuras de personalidad que nos fijan, incluso pueden forjar nuestros destinos.
¿Podemos cambiar todo esto? ¿Podemos librarnos de estos patrones que no nos dejan ver el mundo en su realidad?
Radicalmente, sí. Y si lo hiciéramos podríamos sentirnos libres.
¿Por qué no lo hacemos? Todos anhelamos liberarnos. Muchos somos conscientes de que si lo hiciéramos, nos liberaríamos de mucho sufrimiento. Vivir implica dolor, pero hay sufrimientos que padecemos que resultan innecesarios e inútiles.

Plantear liberarse, crecer en espíritu, es un camino de guerrero. Hay que enfrentarse a ese cambio con coraje y gallardía.

De nuevo, ¿por qué? Todos queremos cambiar algunas cosas  y, sin embargo, no podemos. No es un ejercicio de voluntad.
Como dijo el poeta Kavafis, para crecer en espíritu media casa ha de caer. Debemos destruir estructuras y fijaciones y la desorganización inicial es inevitable.

Cuando perdemos los paisajes familiares para adentrarnos en nuevos mundos, nuevas formas, la desorganización y la desorientación inicial es lo primero que encontramos. Luego, encontramos dolores antiguos de viejas heridas, ansiedades y angustias, tristezas y duelos. Muchos de estos condicionamientos nos servían para protegernos de todo eso. Las viejas estructuras encerraban a los dragones en las mazmorras oscuras de nuestros castillos inconscientes. Y allí querríamos dejarlos porque ¿no es eso el sufrimiento?

No. Sentir emociones negativas no tendría por qué ser sufrimiento si comprendiéramos que son estados mentales pasajeros. Y si comprendiéramos también, que reaccionar desde los patrones que una vez sirvieron para protegernos del dolor, ahora son su causa.
Aquí el punto clave es ser capaz de mantener en la conciencia las emociones de las que queremos huir. Tener el coraje de enfrentarnos a los dragones de nuestras vidas.
¿Por qué las emociones desagradables se convirtieron en dragones?
Creo que es importante saber que no nacemos sabiendo regularnos emocionalmente. La regulación emocional es inicialmente externa: cuando lloramos desconsolados de bebés, unos brazos amorosos nos pueden calmar. Si nos caemos o asustamos, un abrazo reconfortante nos calma también.
Pero no todos pudimos ser regulados óptimamente. Quizá nuestros padres eran personas que temían a los dragones y nos dejaron solos (o incluso los provocaron, como en el maltrato) con nuestros dragones aterrorizantes. Aprendimos a bloquear o desconectar nuestros cerebros para no sentir, pero no aprendimos a regularnos.
Ahora, para poder crecer en espíritu, necesitamos coraje y alguien que nos comprenda y nos reconforte. Por eso es tan importante el papel de un amigo comprensivo, un terapeuta, un camino y un maestro espiritual.

Sin la relación y la solidaridad de otros y sin nuestro propio coraje, ningún descondicionamiento es posible.


Ana Cortiñas




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