ESPEJOS QUE NOS GOLPEAN

Malocom Liepke
Caminar por una calle peatonal es una forma de poder vivir la ciudad humana en toda su intensidad, donde son las personas los protagonistas y no los coches. La gente no va en fila por la acera, sino que se desparrama y anda tranquila, y eleva la voz tranquilamente en su paseo.
Volvía del trabajo por la calle peatonal que es mi calle, cuando pasé al lado de un grupo de jóvenes que estaban conversando emocionadamente. Una chica le decía a la otra muy enfáticamente, casi riñéndola, lo que tenía que hacer respecto a un chico con el que salía, que dejara de pensar que él la quería, y que debía tenerse más autoamor.
Creo que todos alguna vez habremos pasado por esta circunstancia. Alguien muy convencido, y probablemente pensando en nuestro bien, nos habrá dicho lo que teníamos que hacer y cómo debíamos de actuar con otras personas. Y como que no podemos dudar de la buena intención del otro, nos habremos quedado mohínos, sin saber qué decir y sintiéndonos mal con nosotros mismos.
Seguro que como psicóloga he caído en eso muchas veces. Como que somos los otros que vemos la película y no la vivimos, tenemos la perspectiva correcta. Pero no siempre la tenemos...¿o sí?

A veces no somos capaces, desde nuestro bienintencionado punto de vista, de ver la profundidad, complejidad y  los poliédricos sentimientos de los otros. Quizá nuestras vidas han sido más simples, pero la mente humana puede ser muy compleja. A veces no somos capaces de ver las sutilezas de las relaciones, ni  los beneficios secundarios de algunas actitudes, ni comprender los significados profundos. Así que puede que tengamos razón algunas veces, cuando lo vemos tan claro en los demás, pero en otras ociasiones quizá, sencillamente, seamos incapaces de comprender.

Las representaciones que tienen los demás de lo que vivimos nos pueden ser útiles. Las cosas son lo que son, y lo que nos representamos que son. Algunas sutilezas se descubren cuando otro nos devuelve la imagen más compleja de lo que son las cosas. Los terapeutas lo sabemos, así que una de nuestras tareas es reencuadrar las experiencias y vivencias de los que nos consultan, para que puedan verse de otra manera y salir del estrecho juicio que se hacen sobre ellos mismos.
Pero hay otras veces donde las representaciones de los demás sobre nuestras vivencias nos reducen y minimizan, casi que nos golpean y, sobre todo, nos empobrecen. Esa imagen disminuida puede venir de su simplicidad de mente y de experiencias. Pero también nos puede venir de su envidia, de su deseo de que tú no tengas la belleza, la bondad o la ternura de la que pudimos disfrutar. Puede ser una forma de violencia sutil, en la que niegan tu forma de percibir las cosas, te invisibilizan, te hacen poco importante, inexistente.

Siempre es bueno aumentar las formas de vernos, siempre que no nos hagan dudar de aquello que vivimos y como lo vivimos.

Ana Cortiñas



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