SECRETOS

Recuerdo que una amiga de mi juventud decía que todo el mundo tiene algún secreto que incluso se preserva a las personas más íntimas y que más conocemos.
No sé si todo el mundo guarda algún secreto, pero sí sé que mucha gente lo hace. El secreto puede ser sobre una experiencia privada que no se quiere compartir con el otro, preservando de este modo un espacio íntimo de comunión con nosotros mismos,  pero yo lo he visto sobre todo en muchas personas que han tenido una infancia difícil, que han pasado por experiencias de humillación o abuso, y que han querido preservarse de la mirada de los otros.
Los secretos no serían un problema si fuera que ciertas cosas forman parte de nuestra relación más profunda con nosotros mismos, algo que vivenciamos en nuestra intimidad, pero eso es diferente de aquellas cosas que nos guardamos para que no las vean los demás, por falta de confianza en los demás,  y por protegerse de una mirada del otro que nos humillaría.
Como mecanismo de defensa, los secretos pueden tener una utilidad. Realmente a veces la mirada que nos devuelve el otro es de desprecio y  nos puede hacer sentir avergonzados. Nadie duda que en ciertas comunidades hay cosas que deben ser ocultas, porque supondría el repudio social. En algunas sociedades es cuestión de supervivencia ocultar la pérdida de virginidad de una mujer, o que los gays estén metidos en el armario. Pero a veces la protección nos ahoga. Necesitamos salir a la superficie y darnos a conocer con todas nuestras características. El secreto nos obliga a estar sumergidos, a aguantar la respiración más allá de nuestros límites y nos asfixiamos en nuestra falta de intimidad y conexión verdadera con otra persona.
Cuando eso ocurre, una pesada soledad nos puede ahogando nuestra vitalidad. Vivimos en un aislamiento vergonzante.
Si eso pasa, quizá debiéramos valorar las razones y las circunstancias actuales. Quizá el secreto fue necesario antes, pero ya no lo es ahora. También deberíamos valorar nuestra vulnerabilidad ¿realmente somos tan vulnerables ahora? En nuestra adultez ¿no tenemos quizá más recursos de lo que pensamos? Puede que nuestra evaluación de la valoración de los otros es exagerada porque,en realidad, es el homofóbico o el egocéntrico el que está en una posición equivocada. Quizá lo que ocurre es que somos nosotros los peores acusadores de nosotros mismos o pensamos que no podemos soportar el dolor por nuestras carencias.

Se requiere coraje para contar los secretos. Pero que alguien nos escuche con comprensión es la verdadera medida de nuestra conexión e intimidad emocional
Ana Cortiñas


Pinturas de Elisabetta Trevisan

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