EL NARCISISMO HERIDO DAÑA LAS RELACIONES

Todas las personas necesitamos sentirnos queridos y valorados. Necesitamos sentir que nuestra existencia le importa a alguien para interiorizar nuestra propía valía y dignidad. Valor y dignidad son derechos de nacimiento, pero nuestro psiquismo sólo lo entiende así cuando en el inicio de la vida somos dignos y valiosos para la mirada del otro.
De hecho, como dice Cyrulnik, aprendemos nuestras habilidades y dominios para otro...¡Mira mamá!, ¡Mira papá! está en la boca de las criaturas cuando van probando sus capacidades, y necesitan de su aliento cuando llegan a sus límites. Son los otros los que nos ayudan a lidiar con nuestras frustraciones y nos enseñan a perseverar y ser constantes; también a aceptar definitivamente nuestras limitaciones.
Por diversos motivos, los otros no nos miran en nuestra esencia. Los traumas de nuestros padres, sus limitaciones y sus incapacidades nos moldean a ser aquello que nos dicen que somos. Vamos construyendo lo que Winnicott llamaba el falso self para adaptarnos a los que necesitamos para nuestra supervivencia física y psíquica.
El narcisismo, ese sentimiento que todos deberíamos tener de ser valiosos y dignos, se daña.
La herida narcisista puede hacernos tener una autoestima baja en el futuro; pero también puede conducirnos a otro tipo de daños como es la inflación del ego. Podemos cargar siempre con un autoconcepto bajo; o por el contrario, podemos defendernos de ese dolor creyendo que somos maravillosos y especiales, adoptando la defensa que define el refranero español tan bien cuando dice dime de lo que presumes y te diré de lo que careces.

Pero ambas formas de herida, como las dos caras de la misma moneda, nos hacen ser dependientes en extremo de los demás en la adultez, más allá de la época de la vida en que la dependencia es lo normal y propio del ciclo de la vida, como sucede en la infancia. El que nuestra baja autoestima aparezca como el anverso o el reverso de la moneda, depende del tipo de interacciones, traumas y mitos concretos de nuestra familia y, también, de los papeles y roles sociales que nos toque por cuestión de clase social y género. Pero siempre, siempre, dependeremos de la mirada del otro más allá de la fase inicial de la temprana infancia. Seremos bebés eternos, anhelando que los demás nos otorguen el valor.
La baja autoestima, que en mayor medida se da en las mujeres, quizá por la desvalorización en la sociedad de la mujer y lo femenino, nos hace ser dependientes del amor de la pareja en la adultez. Nuestro bienestar depende de que alguien se enamore de nosotras y nosotras enamorarnos de aquel al que le entregamos nuestra vida (hecho literal en todas las mujeres que murieron en manos de sus parejas). Esta dependencia hace que soportemos desamores, frialdad emocional, aceptemos ser relegadas en la prioridad de la vida de los hombres y, en casos más extremos, maltrato y humillaciones. Si nuestra autoestima depende de ese amor, haremos lo que sea por complacer y no perder su mirada. Nos convertimos en madres de sus hijos aceptando infidelidades, o somos las amantes con las que nunca se comprometen.
Hay hombres a los que les pasa lo mismo, pero en menor medida, porque el estereotipo de género les ayuda a adoptar la forma más exitosa de la baja autoestima que es el narcisismo, el ego inflado.
Para un narcisista, su conciencia es de éxito, de sentirse bien consigo mismo. Pero la realidad afectiva es que depende tanto como el abiertamente dependiente de la mirada del otro. Para el narcisista, su bienestar depende de que los otros actúen como espejos de su grandiosidad. El otro no es otro, es un objeto del self (tal como lo llamó Kohut). El narcisista se rodea de quién le admira, y tiene ataques de rabia cuando el otro le frustra esa imagen de sí mismo.
La pareja perfectamente insana está servida: una mujer dependiente abiertamente del otro, dispuesta a admirar al narcisista dependiente de su admiración, pero que nunca lo reconocerá.

El drama de estas relaciones dependientes, fundamentandas en la herida narcisista, es que por mucho amor que digan sentir el uno por el otro, sólo habrá utilización mutua. ¿Nos extraña que haya tantas parejas que se deshacen al año, cuando las proyecciones y las ilusiones ya no se pueden sostener más? Dicen las estadísticas españolas que una de cada dos parejas casadas se separan. Las que no se casan se separan mucho más...
Podríamos preguntarnos sobre qué es eso del amor. Quizá sea que el enamoramiento tenga poco que ver con el amor, o que el verdadero amor sólo puede surgir una vez que las heridas primarias del afecto ya están curadas...

Ana Cortiñas

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