UNA BASE SEGURA EN LA ADULTEZ

Una de las necesidades básicas cuando nacemos es la de ser protegidos. El contacto corporal con la madre nos da seguridad. Eso es lo que nos dicen los bebés cuando lloran para ser cogidos y arropados: "necesito sentirme seguro". Nada que ver con esa idea de que nos manipulan y los malcriamos cuando los tenemos en brazos.
Más adelante, las formas en que los niños se sienten seguros varía con sus experiencias reales de sentirse reconfortados y con la interacción con las nuevas capacidades y habilidades que les proporciona su maduración. Un niño que siente que su madre y su padre son una "base segura", en cuanto va creciendo, le basta con mirar a su madre o su padre, oir su voz, hablar con ella/él por teléfono, o comunicarse de algún modo cuando es adolescente.
¿Y de adultos? ¿Cuál es nuestra base segura?
A partir de la adolescencia, las bases en las que nos apoyamos se van ampliando. Los grupos de amigos y amigas, y la pareja, son las bases afectivas que nutren nuestra seguridad. La pareja, con su contacto íntimo y sexual, se lleva la palma en cuanto a convertirse en una base sustituta de los padres. De ahí que, las personas que han tenido una base endeble en su infancia, busquen con tanto anhelo tener una pareja y se "desmontan" cuando ésta falta. Los condicionamientos sociales refuerzan esta "necesidad de tener pareja". En vez de traducir nuestro anhelo por "necesito tener una red de seguridad para ir por el mundo" se traduce en "yo sin pareja no tengo nada"....
No obstante, a medida que vamos madurando y creciendo, existe una posibilidad: además de tener la capacidad de crear y mantener una relación íntima con otras personas (no necesariamente de pareja. Hay amistades en donde puede haber mucha más intimidad afectiva de la que hay en algunas parejas), puedo crear en mi interior un refugio, un lugar de retiro en donde nos podemos sentir nutridos y reconfortados.
Para algunas personas puede ser la espiritualidad. Un sentido de trascendencia da la fuerza ante las adversidades y permite guarecerse en las tormentas.
Pero no es necesario creer en nada trascendente. Las experiencias de la vida pueden habernos enseñado que tenemos una fuerza vital que nos permite evolucionar en el proceso de la vida. Podemos haber contactado con una fuente interna de cariño, aquel lugar desde el que nos damos ánimo y nos sentimos vitalmente queridos...
Recuerdo que leí en un libro de Françoise Dolto que le decía a una adolescente rechazada por su familia:

Tu familia no te quiere, pero te quiere la vida...

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