EL PERDON Y EL OLVIDO

A los que fuimos educados en una sociedad cristiana nos dieron el mandamiento de perdonar a los que nos hacen daño. Sin embargo, el perdón no es la respuesta natural ni primaria en la reacción que tenemos cuando nos hieren. La primera respuesta es devolver el golpe y es también una ley bíblica la que nos dice "ojo por ojo, diente por diente".
Así que si tenemos una educación judeocristiana, nuestros imperativos morales se ven divididos entre dejarse llevar por el deseo de revancha y el perdón. 

Una visión sistémica de los conflictos, que sólo puede ser secundaria a la reacción de dolor primaria, emocional, nos puede hacer entender que la dinámica de acción-reacción frente a las heridas que nos infringen otros, no lleva más que a una escalada de violencia. Cada acto de venganza será la justificación para otra reacción revanchista y la cadena de agravios y violencia será interminable. El perdón, entonces, no es sólo un acto moral y un mandamiento ético-religioso, sino que puede ser la solución que dé fin a un conflicto. Y también es la posibilidad de dar descanso a la persona agraviada, pudiendo por fin dejar atrás la herida. Está claro que el odio y el deseo de venganza es una atadura a la persona que nos ha hecho daño. Seguimos estando ligados a ella desde el momento en que estamos rumiando el dolor y la rabia y/o lucubrando posibles venganzas. Ella, la persona que nos ha hecho daño,  es siempre la protagonista de lo que nos narramos en nuestra mente.

Pero para que el perdón tenga este efecto reparador no puede ser una obligación o un imperativo moral. El perdón tiene que surgir como resultado de un proceso. El perdón no aparece sanamente antes de que se pueda haber curado la herida y habernos repuesto del dolor; o, por lo menos, le hayamos podido dar un sentido a la herida. El perdón nos libera si podemos estar en una situación de transformación de nuestra persona, o si podemos comprender las acciones del otro, o si el otro ha reconocido el daño que nos ha hecho y nos hace un acto de reparación. Por otra parte, el perdón es liberador si tenemos claro que no nos dejaremos dañar de nuevo. 
Quiero llamar la atención de este último punto porque a veces vemos personas que perdonan las traiciones de los otros y el perdón sólo sirve para mantener la situación de abuso y maltrato. El otro puede pedir perdón, pero una y otra vez vuelve a pasar lo mismo. Los que trabajamos con personas maltratadas vemos como se perdonan los abusos, los maltratos y se aguantan los golpes en nombre del amor y del perdón; y, curiosamente, la reacción primaria de rabia por el dolor, que precisamente serviría para impedir que vuelva a pasar, ha desaparecido. 
En estas situaciones el perdón no es sano ni evolucionado. Probablemente, el perdón es una reacción automática aprendida, para no perder nuestra figura de apego. Se olvidan las traiciones porque el abandono es peor que ser abusada o maltratada. Jennifer Freyd plantea esta hipótesis en su libro Abusos sexuales en la infancia: la lógica del olvido.

Así que el perdón no será sano si no exigimos una reparación o, cuanto menos, no ponemos límites a que nos vuelvan a hacer daño. Olvidar las traiciones sólo sirve para que los perversos sigan pululando a sus anchas en este mundo. 
Ya lo dice el Dalai Lama : perdonar pero no olvidar


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