LAS EMOCIONES



Vivimos en una sociedad que plantea una relación "loca", enferma, respecto a las emociones.
Por una parte, se las menosprecia y nos disociamos de ellas, valorando a la Razón y al Logos como lo que nos debe guiar la conducta, pero por otra parte, las emociones actúan como el motor oculto de todos nuestros comportamientos aún sin saberlo.
Esta dicotomía se refleja en el aforismo el corazón tiene razones que la razón no entiende o cuando expresamos que la razón nos dice una cosa y el corazón otra.
Creo que la desvalorización de las emociones forma parte de esta cultura dicotómica y patriarcal que polariza todos los elementos dando más valor a un polo que a otro. No es casualidad tampoco que lo emocional se relacione con la Luna, la Tierra, la mujer y lo femenino y la razón se asocie con el Sol, la luz, lo masculino, el hombre y lo positivo.





Sin embargo, todos los comportamientos humanos están motivados por emociones y necesidades, que sólo después se traducen en razones.
 Miremos a fondo los comportamientos humanos:
Todas las personas organizan sus vidas para satisfacer sus necesidades y obtener el placer de satisfacerlas. El cómo y el por qué nos satisface y nos da placer puede variar, pero incluso las personas con comportamientos sadomasoquistas están buscando el placer y su satisfacción ya que han asociado el placer al dolor y la destrucción de uno mismo o del otro.



La sociedad de consumo está basada en este principio de la búsqueda del placer y de la satisfacción de necesidades. Los publicistas y propagandistas lo saben muy bien.





Por otra parte, está la evitación del dolor, el malestar emocional y la frustración. De ahí que muchas de las propagandas políticas e ideológicas estén basadas en provocar y azuzar el miedo y la rabia. La guerra, el abuso, la violencia, la xenofobia son fenómenos en los que se juega con la asociación del placer y de sentirse identificado a una determinada bandera, etnia, país, género, etc y el miedo al otro que no es igual, sino diferente, y por tanto enemigo.
La falta de empatía, de la capacidad que nos permite conocer lo que está sintiendo el otro, permite que cosifiquemos a las otras personas. Pero si no somos conscientes de las motivaciones tras nuestras emociones y comportamientos ¿cómo lo podremos ser de las de los otros?

La razón por la que podemos tener una relación disociada con nuestras emociones es que una de las características del psiquismo humano es que podemos disociarnos de lo que sentimos. Esto es así porque las vías neuronales que integran emoción y cognición están por hacer cuando nacemos y dependerá del curso de nuestras relaciones tempranas. Otra razón es que, por cuestión de supervivencia, tenemos que dar una respuesta emocional rápida para defender nuestra vida o la de nuestra progenie. Después,  podremos bloquear las emociones y que no aparezcan en nuestra conciencia.




En ocasiones esta capacidad nos salva la vida o nos permite salir adelante. Podemos reaccionar rápidamente si bloqueamos el dolor ante una pérdida o una adversidad; negar los sentimientos de desesperación nos permite salir adelante como cuando una viuda o viudo saca adelante una familia, o nos podemos sobreponer a una catástrofe para continuar con la vida.
Esta capacidad la tenemos desde la más tierna infancia. Muchos niños crecen habiendo aprendido a bloquear la expresión y el reconocimiento de las distintas formas de malestar, como única forma de regular sus emociones, si un adulto no ha empatizado con ellos, ¡y esto a la tierna edad de 12 meses ya está estructurado como un sistema defensivo emocional que puede durar toda la vida!
Y es que cuando nacemos, no sabemos lo que sentimos si el otro no lo reconoce o no empatiza con ello, lo nombra y le da palabra.

Si cuando somos niños sentimos malestar y no sabemos lo que nos pasa, nuestra alternativa será aumentar la intensidad de nuestra expresión (rabietas, por ejemplo) hasta que nos calmen, y si esto no sucede, bloquear las emociones, disociarse de ellas.
A veces, la desorganización de nuestras emociones es tal, como cuando los padres maltratan o tienen una enfermedad mental grave, que aprendemos a alternar la intensificación con el bloqueo. Pero con ninguna de las dos estrategias aprendemos a manejarlas de una forma constructiva e integrada con el pensamiento.

Por otro lado, la neurología ha demostrado que no hay "razón" sin emoción. Cualquier toma de decisiones razonada lo hace teniendo en cuenta el estado emocional, como explica muy bien Antonio Damasio en El error de Descartes.

La conclusión sería entonces que no hay Razón sin Corazón, y que la clave está en si están integrados o no.
De la integración depende la sensación de actuar desde nuestro yo más íntimo, o por el contrario, tener consecuencias de nuestros comportamientos que nos sorprenden y los repetimos una y otra vez, aunque no entendamos cómo ni por qué.

La máxima que debería regir nuestras vidas entonces es CONÓCETE A TÍ MISMO




Ana Cortiñas





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