SOMOS LA RESILIENCIA DE LOS DEMÁS...

¿Qué podemos hacer cuando otra persona sufre? 

A medida que vamos cumpliendo años, vamos viendo que en la vida a todos nos pasan cosas que nos hieren. Pocas personas se libran de pasar por pérdidas o adversidades, enfermedades, crisis, desamores. Y cuando estas personas son alguien cercano, en cierto modo su pena también nos toca, y eso produce distintas reacciones en nosotros, dependiendo de si lo que les sucede ya nos ha pasado a nosotros o aún no...

A veces, lo que hacemos y decimos con las personas cercanas que sufren habla más de nosotros, que de lo que les sucede a los demás. No nos gusta verles sufrir pero ¿es porque les queremos, o porque no queremos recordar o tememos nuestro propio sufrimiento? 
Una de las cosas en las que podemos fijarnos para saber en qué punto del proceso estamos es ver si somos capaces de estar presentes tolerando el sufrimiento de los demás sin vernos impulsados a hacer o decir cosas. En este mundo de autoayudas y espiritualidades on line y exprés, siempre hay una frase que podemos decir o un aforismo, una receta de la felicidad como que "vive el momento y no te apegues al pasado" o "agradece lo que tienes" o cosas así. Pero eso no suele servir de mucho, salvo para que la persona que sufre sienta que lo está haciendo muy mal si sigue sintiéndose mal. A veces, si  el sufriente es un poco más asertivo, conseguiremos que se enfade y poco más.
Si las personas que queremos sufren es importante recordar- igual que es importante recordarlo si sufrimos nosotros- que los procesos de duelo y curación de traumas tienen su tiempo, y que todos tenemos la capacidad de repararnos si el ambiente es propicio. Lo que propicia el proceso de autocuración son las muestras de escucha atenta y solidaridad, no decir cosas sobre como debería ir el proceso según nuestra perspectiva. Es mucho mejor dar un abrazo que decir frases que ha dicho el último gurú de moda. Es mejor llevar comida hecha y que no tengan que trabajar (cuidar en un sentido material) o ayudar a solucionar unos trámites, o acompañar al médico, lo que sea antes que decir cosas que puedan sonar a que juzgamos.

Es verdad también que algunas personas que lo pasan mal sólo piensan en ellos mismos y no ven a los demás. Sentirse víctimas forma parte del proceso de superación, pero pasado cierto tiempo es necesaria superar esta fase. ¿Pero quienes somos nosotros para saber si ese tiempo ha llegado o no? Lo que sí podemos saber es si esta fase de víctima está dañando a otra persona. El dolor puede hacer caer en un egocentrismo que hace que no se midan las consecuencias de lo que se hace y se dice sobre los demás, o se puede ser ciego a las necesidades y deseos de quién nos quiere. Una madre que ha perdido un hijo puede olvidarse del otro, o una amiga en paro prolongado puede creer que tiene patente de corso para vomitar su mal humor en los demás, y quizá eso es lo que debamos recordarles: "no tienes derecho a gritarme" "¿cómo lo lleva tu otro hijo?". Incluir en su mundo a los otros es una manera mejor de sacar del egocentrismo que una exhortación a salir del victimismo, por muy espiritual que suene. Una persona que sufre no tiene derecho a hacer daño a los demás.

Con todo, también hay que reconocer que no es fácil tolerar el dolor del otro. Vivimos en una sociedad que huye tanto del dolor y lo adverso, que nos imprime un condicionamiento muy fuerte a huir de él, tanto del nuestro como del ajeno. Algunas espiritualidades funcionan a veces como drogas con las que pretendemos eliminar lo inevitable. Cultivar un corazón compasivo no es salir corriendo a librar del dolor a todo el mundo. La compasión se genera en la capacidad de tolerar el dolor proveyendo de la solidaridad, cercanía y afecto humano que permite que el proceso de autocuración siga su curso.

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