LO QUE OBSERVO EN MI GATA

Ayer estaba con mi hijo sentada en el sofá con una de mis gatas encima del regazo. Mientras hablaba con el niño, acariciaba a la gata y distraídamente empecé a jugar con su cola, lo que no le gustó nada. Enfadada, la gata giró su cabeza y estuvo a punto de morder mi mano, pero cuando iba a hacerlo, se frenó y empezó a lamerla. ¡Todo un control de impulsos!
Me dio que pensar. Los animales son capaces de controlar su agresividad no por miedo al castigo (¿alguien ha intentado castigar a un gato y eso le ha funcionado?) sino porque han establecido un vínculo.
Hay muchos textos escritos sobre la agresividad humana en los que se plantean que es un impulso biológico que la cultura reprime, o que existe una pulsión de muerte con la que nacemos, o que es producto del instinto de supervivencia, pero pocas veces se ha planteado que el vínculo sano es lo que la regula.
Y después de tantas muertes de mujeres en manos de hombres que se supone que las quieren (malquieren, diría yo) ¿no sería hora de plantearnos el papel que juega el amor o su falta en la violencia que padecemos? Y no estoy pensando en las mujeres exclusivamente...

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