VIVENCIA DEL TIEMPO

Cuando era pequeña no recuerdo haberle dado importancia al tiempo. Los días se definían por tener escuela o no tener que ir; ser verano y poder ir a la playa, o ser Navidad y que fuera el tiempo de los turrones y de esperar a los Reyes Magos. Al salir de la infancia las cosas cambiaron, y el tiempo se convirtió en un impulso hacia la independencia.
Cuando eres joven la flecha del tiempo es incuestionable. Hay una serie de cosas que el ciclo de la vida te pide conseguir y no se mira atrás, salvo si se quiere huir de la infancia o, por el contrario,  no se quiere salir de ella. Pero tener toda la vida por delante implica eso: mirar al horizonte.
Cuando pasan los años, la flecha del tiempo sigue siendo incuestionable pero algo cambia. Hemos podido medir las consecuencias de lo que hicimos y tenemos ya memoria suficiente para resignificar el pasado, mirar atrás dando un sentido a lo que hicimos en función de lo que hemos aprendido con lo que nos pasó. El tiempo empieza a dar círculos, sabiendo que el pasado se contiene en el futuro y que el futuro nos ayuda a elegir el presente, que hay cosas impermanentes en lo que permanece y cosas inmutables a pesar de todos los cambios. Descubrimos que hay afectos y amores que son eternos, descubrimos si somos o no fieles a nuestros deseos y valores y también nos damos cuenta de que inexorablemente la juventud pasó, y que si nos descuidamos y no miramos atrás valorando si cumplimos nuestros anhelos y sueños más profundos, nunca podremos sentir que nuestra vida tiene sentido.

Con la edad, la percepción del tiempo se vuelve mucho más compleja pero con ello se puede vivir mejor. Aprendemos a esperar, a tener paciencia, a respetar los ritmos y las fases, a disfrutar el momento de forma consciente, valorando algo más que el placer inmediato. Incluso habiendo sufrido pérdidas, aprendemos a encontrar el tesoro de la nostalgia y a sentir el amor aunque quién lo inspiró desapareciera.

Quizá por todo lo que aprendemos con el tiempo y sobre el tiempo, muchas personas cumplen años y no lo lamentan. No nos asustaría tanto envejecer si no fuera por esa presión social y mediática de ser siempre joven en el aspecto corporal. La realidad es que muchas personas no eligen volver a ser como cuando eran jóvenes, sino que dicen querer volver a vivir la juventud con lo que se ha aprendido con los años. El único lamento es no haber cumplido los propios deseos y dejarse machacar por la presión de ser productivo y ganar mucho dinero. Sin embargo, algunas personas no pueden mirar atrás. Son aquellas que se escindieron de sus afectos para no sufrir, o de sus sueños para seguir los sueños de otros, por obediencia a los padres o sometimiento social.

Probablemente, el mayor legado que podamos dejar los mayores a nuestros jóvenes no sea el de cortarles las alas por su inconsciencia.  Al revés, debemos apoyarles en tomar riesgos y perseguir sus sueños. Cierto que hay que ayudarles a pensar en las posibles consecuencias de lo que hagan, pero para darles una buena vida debemos  ayudarles a que sean coherentes con lo que sienten y desean; debemos preguntarles ¿tu camino tiene corazón?

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