DEL ALMA ENCARNADA


Para cambiar, una persona debe encarar el dragón de sus apetitos con otro dragón, la energía vital del alma.
Rumi

El árbol de la vida: fotografía de Stergos Skulukas
Fuera de discusiones metafísicas, existe una experiencia profunda del ser en la que se siente la conciencia encarnada. Es un estado en el que todas las células funcionan al unísono haciéndonos presentes todas las sensaciones, y en el que si se está con otra persona, hasta parece que hay hilos que nos unen, y que podemos mostrar y ver el alma. No es un estado fácil de experimentar, porque casi todos vivimos con partes de nosotros disociadas. En el día a día, quizá un brazo y un costado pertenezca a un niña abusada, una pierna tenga el impulso de la supervivencia, y la espalda sostenga todo el peso del mundo.
No obstante, podemos vivir  momentos de destellos del alma, como cuando conocemos a alguien y nos enamoramos profundamente (¿será por eso que anhelamos tanto esta experiencia?), o algún momento de felicidad, o de triunfo frente a una adversidad, o en el nacimiento de un hijo, o en nuestro propio renacimiento tras un trauma.
Lo triste en la vida es que esas ráfagas de aroma de alma son escasas. Los afanes cotidianos nos vuelven a disociar y a poner de nuevo las defensas en marcha frente a peligros imaginarios, por esa memoria cruel que nos separa del presente. Los amantes ya no se muestran el alma, sino que ahora surgen las espinas en la piel, las garras en las manos y los colmillos afilados. Una lástima. Y entonces empezamos a anhelar algo externo, otro amor, otro paisaje, otro milagro que nos vuelva a encarnar el alma.
Necesitamos coraje y recuperar el alma. No una especie de fantasma que se va o viene, sino ese impulso vital que orquesta nuestras células y les hace tocar la melodía al unísono, armónicamente. Y entonces, el brazo no es su brazo, ni la espalda aguanta el mundo, ni el costado está encogido para protegerse. Y sobreviene el gozo. Quizá por eso el lenguaje del amor y de los místicos se parece tanto.

Ana Cortiñas

Tu tarea no es buscar el amor, sino buscar y encontrar las barreras dentro de ti mismo que has construido contra el.
Rumi

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